Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

27 de octubre de 2010

Escucha

No lo tenía y por mucho que lo pedía, rogaba e imploraba, no se le escuchaba. Las palabras no son lo que significan, sino el significado que se le quiere dar y la mala memoria es la excusa, siempre, perfecta.

Decidió entonces comprarse un megáfono, a lo mejor, si lo decía más alto por lo menos lograría captar la atención. Lo encendió e hizo el típico sonido desagradable y gritó.

Nadie hacía siquiera el ademán de girar la cabeza. Incluso, a los pocos que lograba captar su atención se apartaban de él, sorprendidos, asustados. Gritaba cada vez más fuerte, como si eso ayudase a sus palabras a navegar por el océano del aire sin tempestades, resoplando y balbuceando con voz entrecortada.

Se subió en un banco de aquel parque repleto de gente con sus problemas, pero sin preocupaciones más allá de las suyas propias. Gritó, habló y susurró. Rió, lloró y se amedrentó. Se abrazó y se aplaudió. Encolerizó y se tranquilizó. No hay peor mordaza que la que no se ve pero impide ser, como la soledad en medio de una piscina de agua templada donde no tienes a quién hacerle el amor.

Como sombras, la gente avanzaba sin rumbo fijo, dirigiéndose como lo hacen los peces al caer en la red del pescador en línea recta, en vez de retroceder y escapar, tenían claro que ya eran presas.

Lo dejó estar.

Su mano cayó por el peso de aquel megáfono empujado por su propia desesperación y es que ser el único que oye en el mundo de los sordos hace desear ser ciego.

22 de octubre de 2010

Outlet

El mundo se le quedó grande. Antes lo llevaba de chaqueta, incluso varias tallas más pequeña. Ahora parecía un payaso sin circo.

Todo en lo que creía, sabía, siempre fue un sueño bordado. Los botones las conjeturas de las razones que se imponía a sí mismo, que a veces abrochaba a los ojales de la desesperación según apretaba el frío. La solapa el orgullo que llevaba por bandera de un país sin rey y en los bolsillos, guardaba algodón de azúcar por si algo se le hacía amargo.

Pero el roce hace el cariño, y aquella chaqueta no era sólo un trozo de tela con bordados, botones, ojales y bolsillos, era lo que un día fue. Quizás, algún día lo fuese otra vez. O no.

Con delicadeza se la quitó y la guardo en el armario de los recuerdos. 

Tenía que ir de compras.



18 de octubre de 2010

Deshaciendo juntos

Él prometió y ella se dejó engañar. Él la tomaba mientras ella se abandonaba al deseo. Un par de copas en el viejo bar de la esquina fueron cómplices del engaño.

No dejaron terminar de abrir la puerta y sus cuerpos ya prácticamente desnudos  se entrelazaban y confundían uno con el otro. El apresurado roce de sus lenguas expresaban el desinterés de ambos por el prólogo y el la tiró en la cama completamente descubierta ante él, abierta a todas las sorpresas que pudiesen inundarla por dentro.

Se excitaban y culminaban el estruendo de sus cuerpos retorciéndose como el fuego lo hace al consumir la madera seca. Un relámpago de éxtasis aíslo el aura que emanaban y los olores se magnificaron creando un río blanco de  promesas por cumplir. Y ella se estremeció.

Se reía mientras le miraba y él se engrandecía. Acariciaba su blanca espalda mientras la hablaba  de cosas sin importancia para él, que representaban el mundo para ella. Él, la susurraba en sus delicados oídos palabras que creía nunca había escuchado, adulaba su cuerpo surcado por el tiempo mientras con esas mismas palabras exaltaba su miembro. Y ella no podía más que sonreír.

Él, saboreaba su triunfo como un Dios se recrea al jugar al ajedrez siendo blanco y negro. La hablaba y halagaba mientras en su mente sabía, había sido la jugada perfecta.  El magistral engaño dónde su pequeña mariposa cayó sin remedio sedienta de amor. Y ella no podía más que gemir.

Y la oscuridad se hizo con aquella habitación de olor a motel. Abrazados a la pasión que allí unos  instantes antes se respiró, él suspiro y cayó dormido, mientras ella le miraba sin dejar de sonreír. Con cuidado se levantó y se posó frente la ventana de la habitación. Tras aquella ventana sólo quedaba la noche.

El vaho en el cristal dibujaba pequeñas formas efímeras que revelaban el secreto de la noche pasada. Pequeñas gotas caían tímidas con estupor en sus mejillas por lo allí ocurrido.

Y dibujó con sus dedos formas imposibles mientras de reojo le contemplaba desnudo, incapaz de defenderse de sus vacías palabras aliñadas con esperanza. Lo miraba y no podía más que sonreír.

Se vistió. Sentándose al lado de él, con un pequeño beso en los labios le despertó. Él la miró  y con un guiño atenuado por un leve movimiento de su boca, en su mente se regocijaba por su hombría y eso, advertía a través de la fina sábana que le excitaba.

Jugó por un momento con su pelo mientras la desabrochaba la camisa. Ella, tranquila, relajada, sinriente le habló: esto serán sesenta euros más.

14 de octubre de 2010

Héroe de carbón

Llevaba dos meses hablando con el mismo trozo de carbón. Con la pequeña navaja que llevaba siempre en el bolsillo, había tallado algo parecido a una cara en el lado más suave de la negra piedra.

Cuando se despertaba por las mañanas (o lo que él pensaba que era la mañana, ya que se le había vetado por orden de la naturaleza disfrutar del sol),  lo primero que hacía era saludar al que en esos momentos era su mejor amigo. Con la afilada navaja, cambiaba el gesto que dominaba a la piedra. Según se despertaba, reflejaba su estado de ánimo en aquel trozo inerte ya que no disponía de espejo donde mirarse, aunque tampoco le hacía falta, ya que sus músculos cada vez más débiles denotaban en todo su ser el agotamiento físico y mental al que estaba expuesto.

Quería correr, huir, mirar más allá y ver algo más que aquel viejo candil oxidado por las inclemencias de un agujero húmedo sin vida. Había sido embargada su libertad sin previo aviso. ¿Hasta cuándo?  ¿Hasta que Dios quisiera? ¿Hasta cuándo? Solo en esos momentos se acordaba de un Dios que sin rostro, se le venía a la mente unas veces para maldecirlo y otras para implorarle. Siempre se necesita algo a lo que asirse, aunque fuese un sustento efímero y frágil perdido de razón. Que mejor que algo en lo que no se cree para volcar en ello tus frustraciones, esperanzas y miedos, así, siempre se le echaría la culpa a alguien con quién jamás se podría discutir.

Daba vueltas en sus manos encallecidas a su nuevo mejor  amigo. Cada vez que lo volteaba, los cantos se le clavaban recordándole que aún seguía vivo. Cuando algo duele recordamos nuestra existencia, cuando algo nos alegra, nos preocupamos por vivir.

Tenía tiempo, ahora sí que disponía de el, aunque maldijera una y mil veces haber deseado tener tiempo sólo para él.  A veces los deseos de hacen realidad de la manera más irrealista y aunque en tu día a día juegas con esa posibilidad, nunca crees que te pueda suceder a ti, hasta que sucede.

Echaba de menos cosas simples e insípidas a las que nunca había dado importancia hasta el día de su confinamiento. Una hoja caer de un árbol, el viento que tanto le molestaba en la cara, los gritos insoportables de sus hijos, la mirada de su mujer, no poder llegar a final de mes. Todas esas cosas que le hacían ser él, antes sin importancia, ahora las necesitaba como el beber. Cómo necesitaba un buen vaso de agua.

Ya no le quedaban lágrimas, no por ganas, sino por desdén. Las lágrimas en ese momento, sólo servían para acelerar su estado de desnutrición, eran demasiado valiosas como para malgastarlas. Prefería sonreír, aunque no tuviese motivos. Sería que estaba llegando a un estado emocional atípico, no porque todo le diese igual, sino porque no tenía que disimular. Era lo único bueno de su entierro. O sería que algo bueno debía buscar antes que dejar a la locura se apresase de él.

En aquel agujero las cosas se podían confundir fácilmente. Una pequeña sombra podía parecer la silueta de su mujer, la luz del candil una pequeña vía de escapatoria, las rocas hundiéndose cada vez más el aliento de una salida, las voces en sus sueños pura realidad.

Sabía que llegaría. Llegaría el día en el que todo fuese una anécdota para contar.  Sabía que saldría de ahí tarde o temprano y que con el paso del tiempo, su historia llegaría a ser leyenda. Y llegó. Sin saber cómo ni porque, llegó. Su libertad por fin regresó junto a él y la esperanza que en muy pocas ocasiones rechazó le abrazó y formó parte de él. Volvería a ver caer las hojas de los árboles, volvería a enfadarse cada vez que el viento azotase su rostro, volvería a oír los gritos insoportables de sus hijos, volvería a ver la mirada de su mujer, volvería a no poder llegar a fin de mes. La leyenda de su historia cabalgaría a lomo de su dragón color gris metalizado impulsado por la mano del hombre.

Mientras subía a lo que creía el cielo, pues había estado preso en lo más adentro del infierno, oprimía a su negro amigo cómo si aquel oscuro agujero por que el ascendía fuese en realidad el retorno al abismo, no podía creerlo. Lo apretaba tanto que no se daba cuenta de que lo estaba haciendo añicos. Al llegar por fin a su cielo y necesitar esa mano para soltar las riendas de su dragón como los héroes antaño , se dio cuenta de que su infatigable amigo, ese que rió y lloró con él, decidió quedarse en aquel pozo por si algún día alguien se perdía y así poder rescatarle como hizo con él. Y no pudo más que reír y no pudo más que llorar y no pudo más que estallar de felicidad.

El polvo en el que se había convertido su gran amigo, con los años como las leyendas, lo habría convertido en piedra.

5 de abril de 2010

Tu y mi

Paseas por mis entrañas y me encanta. El dolor que siento cuando juegas con ellas entre tus dedos me dobla y extrema mi esperanza.

La vida me juega malas pasadas. Puentes que se abren en medio de la nada, a mitad de mi camino, se zarandean sin aviso y me hacen caer al agua. Me lleva, me limpia y hasta agrada la fría agua de tu azul mirada.

Tus manos en mi nuca jugando con mi pelo, negro, enmarañado por la almohada, sueltos a los sueños que las sábanas no guardan… esos que se escapan cada mañana.

Me corrompes con tus palabras y silencios, drogadicta de tu esencia, ese olor tan personal que a mi nariz nunca se escapa.  Hueles y te huelo, embriagada de tu ser, un momento de espera me parece eterno.

Será pasajero o tal vez se quede inmortal a mis movimientos. Se quedará porque mis manos se han acostumbrado a tenerte, poseerte y perderte cada vez que el sol alumbra mi portal.

Efímera e imperecedera intimidad, predilección por las lágrimas al verte llegar de mi corazón silencioso a gritos te ha de llamar.

Vienes y vas, como las olas del mar rompen contra la arena, llevándose en cada balanceo un poco de esa presencia para años, siglos después, devolverla más pulida, más brillante con más ganas de jugar debajo de su piel.

Desnuda al tiempo, despojada ante ti, sueño con que tus dedos sigan jugando sobre mí. 

25 de marzo de 2010

Espero


Imagen de Esther (Vaalen). 

En el ataúd de tu cordura las visiones se hacen más relevantes. La tierra de mi puño cae en el pino macizo de la madre naturaleza. El clavel es solo un símbolo de color respetuoso al rencor.

Partes y olvidas, reencuentro y abrazo. El camino de tu vida es la carretera de mi sonrisa. El asfalto y las nubes se cruzan, enlazados el estupor de su alrededor dejan volar mis sueños.

El sol de media mañana indica que esta tarde habrá tormenta. Sin frío no se echaría de menos el calor. Sin tu humedad no necesitaría el sol.

Me quieres tú, te quiero yo. ¿Qué nos queda?

Adiós.

Te espero donde siempre. En el rincón de mis llaves olvidadas.

Hola.

No me fui realmente. Siempre estuve aquí. Esperando lo que llegará según las estrellas que se dejan ver tras mi peculiar tormenta. No hay más.

Hasta luego.

Quizás nos veamos un lunes o miércoles, dependerá de nuestro reloj. Dependerá de que nuestras carreteras encuentren un nuevo cruce sin paso para peatones. Dependerá de que me atreva a alzar la vista y tal vez así, te vea.

16 de marzo de 2010

Pureza

Se levantó y miro al cielo. Su sed era cómo un huracán que la atrapaba por dentro. Las cadenas de la codicia la clavaban al suelo desierto de anhelos.

Su voz, sin palabras ni sonidos, imploraban unas pequeñas lágrimas para que así su sed le dejase por lo menos descansar.  Se la olvidó llorar por los demás. Las lágrimas legítimas ya no tenían valor.

La penumbra de la avaricia caía por sus brazos doblegados al cansancio del peso de la intolerancia. Sus piernas arrodilladas musitaban plegarias legibles solo, tan solo a sus articulaciones.  Sus hombros soportaban el peso de sus propios hechos sin razón común. Sus manos hastiadas por el dolor de la mentira buscaban la verdad.  Su garganta preocupada en el pasado en alimentar se olvidó de beber para en el futuro poder florecer.

Mirando a algo sin nada, imploraba que se apagara su sed.  Invocaba sin jamás antes haber hechizado ninguna situación una solución a sus lamentos, pues el estiércol de su propia codicia comenzaba a impedirle cualquier tipo de movimiento.

Pensamientos y sentimientos conjugaban una solución. Sentimientos vendidos a la envidia, guerras, religiones y estupor. Pensamientos dirigidos como marioneta en manos de un mal actor.  

Y su voz en silencio se escuchó.

En el cielo, por encima de esa gran multitud de pensamientos y sentimientos una gran masa apareció.  Y su voz sordina desapareció.

Una áspera  masa que rugía. De un color blanco impoluto pasó a un color añil desencadenando en una patina negra. Rugía con fuerza,  su voz si se oía, trasformando la oscuridad de su majestuosidad en luz por momentos. Lloró.

Sus lágrimas caían sin control ni destino. Caían encima de ella lavándola la mugre que la recorría.  Lloraba desde su reino el cielo no por saciar su sed. Lloraba entre sus maldiciones y latigazos al suelo desierto de anhelos sin ningún consuelo. Y sus lágrimas se convirtieron en riadas que arrastraban su estiércol, envidia, odios y miedos. Y en aquel intento se llevaba lejos lo conseguido con esas amarguras, purgando todo lo bien o mal hecho. Todo, todo lo arrastró sin consideración.

Comenzó a amainar. Las lágrimas también se han de gastar, aunque sea fácil volver a atesorar. Y aquella masa blanca, añil y negra como el silencio se calmó.  Y desde su reino, ahí en el cielo advirtió;  no me pidas más llorar porque a ti se te haya olvidado Querida Humanidad, pues cada vez que vuelva y en tormenta o huracán me convierta no sólo me llevare tus miserias. Arrasaré con tus porquerías acumuladas por ti misma, destruiré todo lo que haya a mi paso porque mis lágrimas son el cúmulo de todo el mal que tú prodigas y cómo sentimientos ahogados en mis mejillas volveré cada vez que las emociones enterradas por tu codicia no quepan en mí ser. Y ten en cuenta la diferencia Quería Humanidad de tus lágrimas a las mías. Las mías son dulces impregnadas de verdad y las tuyas saladas bañadas por el dolor de tus actos sin compasión. No es advertencia sino realidad.

Y desde entonces, cada  vez que sus lágrimas barren la porquería por la humanidad creada, esta se para a pensar por un momento olvidándosele tan pronto sus pensamientos, que las nubes cargadas de lágrimas de lamentos esperan el próximo reencuentro, sabiendo que sus viajes, serán por siempre eternos.







27 de enero de 2010

Inocencia


Sentado en aquella inmensa montaña nada se perdía a su mirada.


Sus mejillas coloradas por el fresco rocío liberaban la vida arropada por la inocencia. Sus ojos negros como el azabache escrutaban al sol a pesar de que alguno de sus primeros rayos hiciera caer alguna lágrima. Y es que a veces el comienzo de algo, por muy bello que sea es doloroso.


Alzaba la mano, dejando que aquel molinillo de papel pintado con mil rotuladores diese color a la mañana fría y las nubes oscuras que acechaban con tormenta. El viento a pesar de ser fuerte y frío, acariciaba sus mejillas mientras esbozaba una cálida sonrisa que ayudaba al sol a escapar de su pequeña prisión tras unas pequeñas colinas. Amanecía.


Se estremeció abrazándose a sí mismo. Sacó las manos de los guantes a rayas y contempló cómo la rojez de sus dedos cambiaba a un color más tenue y sintiendo el alivio del calor, abrió sus brazos dejando caer el molinillo al suelo. Sonrío. Lo cogió y con sus pequeños labios dibujó un pequeño corazón que se transformó huracán haciendo que se agitara con fuerza.


Miró al frente y lo vio. Ahí estaba. Grande, majestuoso, inmutable al tiempo. Colocó frente a él el molinillo mientras giraba sin recelo a parar. Entre sus aspas el sol intentaba abrazar al niño sometiendo sus rayos a formas imposibles. Alargaba su fulgor entre los colores dibujados con rotulador  esperanzado en poder tocar esas mejillas sonrojadas y esa cara angelical que le descubría en cada mueca la ternura de unos ojos maravillados por su naturaleza.


Giraba y giraba el molinillo sin parar sujetado con fuerza por la mano de la inocencia, riendo ante ese juego tan ingenuo y perspicaz.  Bailaba a la sintonía de la candidez abrumado por la inmensidad del abismo bañado en la bruma de la mañana. La oscuridad se tornaba  en claridad con los esfuerzo del sol por acariciar lo que se le antojaba imposible de tener. Amaneció y el sol imploró en pleno esplendor, arropado  por su vestimenta carmesí  una simple mirada de aquel niño que se escondía tras su diversión infantil.


Y retiró el sol de un plumazo las nubes. Y gritó, imploró por poder tener entre sus mortíferos rayos un poco de paz antes de que llegara de nuevo la noche.
Fueron tales sus lamentos que el niño de sonrojadas mejillas y ojos negros como el azabache se estremeció y el molinillo de nuevo se le cayó. Sus ojos se trasformaron agua mientras se miraban y sonrió, de nuevo sonrió.


Fue tal el estupor que el sol sintió, que le pidió que cerrara los ojos. Trasformo sus mortales rayos en una tenue luz de candil y se los cerró. Le limpió las lágrimas y beso su frente mientras le decía “gracias por devolverme la vida”.


Y aquel niño, de maravillosa curiosidad, clavó su molinillo en aquella montaña para recordarle al sol, lo cerca y lo lejos que está la oscuridad de la claridad.


Y desde aquel amanecer, el sol observa todas aquellas miradas que osan mirarle para implorarles que cierren sus ojos y con su tierno calor, seca las lágrimas de aquellos que sonríen mientras bajando la mirada, se estremecen por haber podido ver la belleza del sol en todo su esplendor.

4 de diciembre de 2009

Esos ojos verdes

Tras leer un fantástico post de Markos, donde también hace referencia a la idea Perséfone y su "concurso  de la mano de Hachi" no me he podido resistir a escribir. Así que aquí va.

_______________________________________________________________


La vida que yo creía que me esperaba después de pronunciar el “si quiero”, enamorada de un príncipe azul, perfecto y maravilloso a mis ojos y a los de los demás, no era más que un espejismo multitudinario. Como en las peores pesadillas, aquel maravilloso noviazgo plagado de amor y “estar hechos el uno para el otro” se convirtieron la misma noche de bodas en un calvario.

Prisionera en mi propia casa, anulada por completo y con miedo, mi único salvavidas era él.

Un día le traje a casa. Lo regalaban en una clínica veterinaria y no me pude resistir. Era una bola de pelo atigrada con unos ojazos verdes que me eclipsaron por completo. No sabía qué explicación daría en casa  ya que me traería problemas… aunque sabía que hiciese lo que hiciese los tendría, así que decidí que esta vez, el problema lo crearía yo… no sería solo un desvarío transitorio para mi marido con el que machacarme una vez más. Esa vez sí, el problema lo había creado yo.

A pesar de reproches, gritos, zarandeos y alguna cosa más Cipri se quedó conmigo en casa.

En mi prisión de cristal lo único que me daba sustento era él. No sé como lo hacía, pero a pesar de estar dándose su paseo de todos los días por los tejados de la ciudad, cuando más le necesitaba siempre aparecía. Se acurrucaba a mi lado y me daba la patita lamiéndome la mano con esa lengua áspera que tanto caracteriza a los gatos. Se sentaba en mis rodillas, me miraba con esos ojos y me taladraba con su mirada y entonces brotaba de él un ronroneo que sonaba en mis oídos como una música celestial que me tranquilizaba.

Un día se enfrentó a mi marido por mí. No recuerdo que sucedió, solo que se abalanzó sobre él y me defendió. Un mico de apenas tres kilos saco toda la fuerza que yo no tenía dentro para a pesar de ponerse en peligro defenderme con lo poco que tenía.

Fue entonces cuando decidí que no podía seguir así. Una gran amiga me ofreció trabajo en Córdoba y armándome de valor, a pesar de tener más miedo que coraje me marché.

Aún recuerdo los últimos días en aquella casa tronchada por los celos, la incomprensión y el sentimiento de pertenecía que caía sobre mí, haciéndome tan débil física y sobre todo moralmente. Recuerdo como Cipri jugaba con el plástico de bolas que utilizaba para envolver lo poco que me llevé y como mi marido, a pesar de ni siquiera dejarme salir de casa hasta entonces, solo intentó echarme un polvo más encima de él.

Recuerdo ese par de días de mudanza con alegría sinceramente. Parecía como si Cipri me ayudará a decidir que llevarme y que no. Tampoco tenía mucho hueco en aquel Renault 5 de mi amiga, pero con qué cupiese el trasportín donde iba él, me era más que suficiente.

El día que nos marchamos mi marido me ayudó a bajar las cosas y meterlas en el coche alegremente. Tenía que seguir ejerciendo su papel de marido maravilloso y comprensivo ante los demás y dejó por un momento a la bestia encerrada en el armario. Mi amiga no me dejó a solas con él ni un segundo.

Cuando le indiqué a Cipri que se metiera en el trasportín no lo dudo ni un momento, de hecho creo que incluso me regañó por haber tardado tanto. Me miró, estiro el rabo, ladeo la cabeza y produjo un sonoro maullido. Cuando cerré la puertecita le di un beso en su hocico y le dije “ya está, nos vamos” y me volvió a maullar.

De camino a Córdoba se portó como un campeón. Lo tenía a mis pies y solo se quejaba cuando quitaba la mano del trasportín.

La verdad es que estaba muy asustada. A pesar de todo lo pasado y aunque sea incompresible seguía queriendo a mi marido y una bola en el estómago apenas me dejaba respirar. Las lágrimas no dejaban de fluir y muchas veces me nublaban tanto la vista que el camino que recorríamos me parecía más difuso que el que dejábamos atrás.

Cuando llegamos a nuestro nuevo destino y al abrir la puerta del coche, una bocanada de aire entró en mis pulmones, una vista diferente de lo que yo estaba acostumbrada y un aroma a azahar instintivamente esbozó una de las mayores sonrisas que jamás he podido alumbrar. Era libre a pesar de saber que no todo había terminado.

Saqué a Cipri del trasportín y le abrí la puerta. Sin pensárselo dos veces salió corriendo como un loco y comenzó a dar brincos. Cuando se tranquilizó vino a mí y se rozó contra mis piernas con su ronroneo particular pidiéndome que me agachara y lo cogiera.  Por muy estúpido que pueda sonar, nos abrazamos.
Cogida de la mano de mi gran amiga Marmen y teniendo en brazos a mi niño, en cuestión de segundos supe que, a pesar de  que iba a ser duro, lo íbamos a conseguir.

Pasaron los meses y ambos éramos muy felices. Cipri seguía dándose sus paseos, pero está vez en vez de por los tejados de una gran ciudad, lo hacía por los jardines verdes y árboles majestuosos que había por aquella zona de chales. La verdad es que el cambio no estaba nada mal.

En aquella época, cuando me miraba con esos ojazos verdes y me ronroneaba sentado en mi regazo mientras yo le acariciaba, de la daba las gracias por estar conmigo, defenderme y darme todo lo que necesitaba sin pedirme jamás nada a cambio. Sus miradas eran complacientes y sus gestos únicos y dedicados sola y exclusivamente a mí. Es un sentimiento tan grande, tan profundo que sé que a ojos que no hayan vivido algo así se escapa a su realidad.

Un día, Marmen y yo nos fuimos no recuerdo exactamente a qué. No me iba tranquila, porque Cipri no había vuelto todavía de su paseo y no me gustaba irme de casa sabiendo que él andaba por ahí. Montadas en el coche y dirigiéndonos a no sé donde, algo me punzó el pecho y le dije a Marmen que diese la vuelta, que teníamos que regresar a casa, algo pasaba. Al llegar a la puerta del jardín no lograba abrirla. Cuando por fin lo conseguí no sé porque pero comencé a llamar a Cipri.  Desesperada al no tener contestación le llamaba más y más fuerte hasta que Marmen me increpó y me pidió que me callara… se oía un leve maullido. Me acerque y lo vi. Estaba tumbado en el césped con su precioso pelo brillante y largo estirado como si fuese una cara alfombra de angora. No se movía, lo habían atropellado y no sé cómo pero fue capaz de llegar hasta casa solo para buscarme. Le cogí en brazos y le puse sobre mi regazo para acariciarle y hacerle sentir que no estaba solo. 

Murió en mis rodillas tranquilo y feliz, lo sé, sé que fue así. Parecía que el destino lo había puesto en mi vida hasta que encontrara el camino… y al igual que llegó de repente cuando más le necesitaba, se marchó cuando mejor estaba. Pero me seguía y me sigue haciendo falta. Y a pesar de que hayan pasado diez años desde entonces, a veces me parece oír su ronroneo cuando decaigo.

Y por muy triste que pueda parecer este final, realmente no lo es. Porque cuando pienso en él  sonrío por todo lo que me dio y significó en mi vida. Porque el recuerdo que tengo es tan maravilloso que siempre me vienen a la mente esos enormes ojos verdes diciéndome tanto con tan poco. 

6 de noviembre de 2009

Soy semilla de ilusión

Miraba la Luz y le cegaba. Absorto en el amanecer de esa ventana cerraba los ojos esperando la oscuridad.


Los barrotes fríos se le clavaban en las manos llenas de callos, por los trabajos forzados. Su pena de por vida, la vida.
El no arrebató ninguna y sin embargo le concedieron otra. El arrepentimiento y perdón vergonzoso de su propia ira. La pena a vivir sin ganas ni motivos, sin arrepentimiento ni solución… ni aquel maldito momento ni lo que le espera. Quizás hubiese sido mejor que le arrebatasen la suya, habrían sido más misericordioso. Misericordia. Él no tenía derecho ni a pronunciar esa palabra. Ni siquiera había sabido usarla. Si los guardias le oían pronunciarla... en ese lugar el destino estaba marcado por la culpabilidad de lo que ellos quisieran hacerte culpable.


El arrepentimiento no calma las almas endemoniadas por actos ajenos. ¿Pena de muerte? Quizás.


Miró sus manos doloridas maldiciéndolas. Abrigó sus muñecas tapándolas con sus manos. Miró hacía arriba y deslumbro entre tanta luz un poco de oscuridad. El sol cegador engañaba a sus ojos abiertos de par en par con pequeños puntitos negros que se movían como si diminutos seres invadieran sus pupilas recordándole que la mañana había llegado. Su mañana, otra mañana más.


La sirena que hacía de despertador retumbaba entre las paredes de piedra. El sonido se le hacía melodía después de tatas mañanas. Era lo único agradable que oía desde hacía mucho tiempo. Al principio le recordaba a la sirena que se oía en las películas bélicas, cuando iba a ver un bombardeo y había que huir. Aquí no tenía esa posibilidad, así que acogió la melodía de la mañana como una amiga que le recordaba porque estaba ahí.


Ya no se permitía pensar ni soñar. Las noches las pasaba esperando la mañana cansado de tal manera que ni los pensamientos más fáciles se atrevían a llamar a la puerta de atrás de su cabeza.


El peor día era el domingo, o eso creía. Ya que después de tanto tiempo no calculaba bien los días ni las horas. Solo el día y la noche. Olvidado en un celda por cuestionar… y seguir cuestionando.
Recordaba la última vez que hablo con el religioso del centro y como este, intentaba una vez más entrarle en “razones”. “eres culpable de traición”, le decía mientras su mirada inquisidora le castigaba y vejaba.  


Sabía que hoy sería su último día, vencería apoderándose de su destino. Había escrito con su propia sangre en las paredes de la celda con su intuición y sin luz. El religioso le había dado tarea. Que escribiera sobre su Dios, sobre aquel que decía no creer y lo firmara. “Firmarás con tu rubrica y lo escribirás de tu puño y letra para que conste que estás perdido” le dijo. Y lo había hecho. Había hecho un pacto de sangre consigo mismo y aquella fría celda que le encerraba por sus creencias.


La celda se abrió y salió al pasillo. Un centenar de hombres harapientos se cuadraba delante de cada una de las celdas mientras unos guardias los insultaba y escupían cuando pasaban al lado de cada uno de ellos.  Golpeaban sus porras en los barrotes sin mirar que golpeaban realmente mientras gritaban palabras prácticamente ilegibles.


Un sudor frio le recorrió el cuerpo al saber que por fin todo iba a terminar, en cuanto los guardas vieran las paredes de la celda no le dejarían dar explicaciones. Pero estaba preparado.


Uno de los guardias se dispuso frente a él. Acercó su rostro de tal manera que sentía su aliento caliente y ebrio. Olía el olor a alcohol que desprendía por todos lados. El guardia abrió los ojos de tal manera, mirándole, acechándole que no pudo más que esbozar una sonrisa. Acto seguido sintió un dolor agudo en la cabeza y cayó al suelo como caen los edificios viejos vendidos a la dinamita, sin ninguna razón. Intento levantarse pero el pie del guardia se lo impedía, clavándole las botas. Sintió algo frio en la sien y como el guardia le gritaba tan cerca de la oreja que su saliva se precipitaba a su cara haciéndole parecer que ahora el borracho era él. Siguió riendo, esta vez a carcajada limpia mientras su cuerpo se fundía con el suelo.


Por un momento todo quedó en silencio y pensó que todo había sido un sueño, pero el dolor en la cabeza le volvió rápidamente a la realidad. Seguía inmóvil abrazado al suelo. El guardia de rodillas junto a él le agarró por el mentón y le alzo la cara. Le enseño lo que tenía en las manos, una pistola con la que jugaba entre su pelo. Ahora comprendía el frio que antes había sentido.
Un sonido hueco inundó el pasillo y todos los presos se echaron al suelo. El guardia que aún sostenía su cabeza la dejó caer impregnada de un líquido rojo que no podía ser otra cosa más que sangre. Las vísceras se esparcían por todas partes y el guardia se quito un trozo de sesos de la frente como si estuviese espantando moscas. Miró a otro guardia e hizo un gesto. Entre dos cogieron su cuerpo y lo arrastraron por el pasillo, hacía la puerta de atrás. Un camino rojo dejaba señal de la vida que ya existía. Sus compañeros le miraban atónitos, sin entender el porqué. Su cabeza distorsionada dejaba ver los pocos sesos que habían quedado dentro. Un agujero indescriptible a la mirada y el pensamiento no dejaba duda de que la vida se había marchado de aquel cuerpo.


-Llama al padre.- ordenó el guardia.


A los pocos minutos un hombre vestido con ropas limpias y bien cuidadas apareció. A cada paso que daba las personas que allí se encontraban se inclinaban y bajaban la cabeza a su paso, un paso erguido que ensombrecía cada rincón. Paró delante del guardia y le preguntó qué pasaba.  Este señalo hacía dentro de la celda testigo de la propia muerte y alzo la cabeza señalándole que pasara.


El padre pasó dentro y su cara cambió. El gesto de dominancia cambio por uno de sorpresa y derrota. Letras imbuidas en la piedra de aquellas paredes le gritan en silencio. Un rojo oscuro como el color de la toga que vestía los domingos se le clavaban por todas partes sintiendo aquellas palabras como miles de soldados preparados para la batalla final.


-Dejadme solo.- Ordenó.


Se sentó en el catre y clavo sus ojos en la primera de las frases escondiendo sus manos dentro de las grandes mangas de sus vestiduras.


“¿Quiere que crea en un Dios? Está bien, creeré. Pero creeré en aquel que veo  y siento no en el que quiera que vea y me hagas sentir.
Creo en un Dios cruel, que castiga sin ton ni son a sus hijos Creo en un Dios rencoroso que inflige dolor físico y moral. Creo en un Dios mal padre que cree que enseña a sus hijos fustigándoles con el hambre y la sin razón dejándoles morir con enfermedades. Mi Dios no comprende a sus hijos sino que les impone sus ideas antiguas, obsoletas y arraigadas en la tierra que pisamos obligadas por la sangre de sus guerras que en su nombre se hicieron, hacen y harán.
Creo en un Dios que se ha inventado el hombre para así tener la excusa perfecta para actuar en nombre de otro sin esperar consecuencias. El pretexto perfecto para una devoción mortal que consume las mentes de los más débiles y así hacer crecer el odio, la incomprensión y la tiranía de las ideas. Creo en un Dios que enseña a sus hijos a odiarse entre ellos. Un padre que malmete hasta la muerte  y que no solo no cura sus heridas, sino que se jarta de ellas y exhibe orgulloso.
Dígame que padre, que buen padre que quiere a sus hijos como parte de él los sentencia antes de nacer.
Un Dios tan cobarde que prefiere ver  sufrir a sus hijos como parte de él que son, a castigarse a sí mismo amargado por su propia frustración. Necesita alguien en quién volcar sus desgracias. Es más fácil desechar lo que creemos mal hecho a creer que el creador es quién lo está haciendo mal.
Y es que para ser padre no hay manual, religión o Dios, porque es un sentimiento tan grande y profundo que cualquier palabra escrita u horada se le queda tan corta que ni la oración más arraigada jamás sabrá lo que es querer tanto. Uno mismo se vuelve beato mirando la cara de su creación, maldiciéndote a veces por no poder haberlo hecho mejor pero siempre con una caricia en su mejilla, jamás deseando su destrucción.
Espero que su tarea para el domingo haya sido de su agrado, no me quería marchar.siendo un mal educado y por ello además de firmar su tarea impuesta, le dejo estas palabras escritas con mi propia sangre para que vea que por fin consiguió su propósito. Que creyese en un Dios
Soy semilla de ilusión, culpable de traición, pero solo si caigo en el camino. Tan solo soy, tan solo un viaje a la esperanza".

 

".

20 de octubre de 2009

¿Donde estás?


Te echaba de menos.

Todas las mañanas al levantarme el calor sofocante hacía que mi piel te extrañara. Al mirar por la ventana y ver ese sol tan resplandeciente imaginaba que quizás mañana vinieses a verme.

Echo de menos tu mano fría, esa que me incita a abrigarme y tener la necesidad de echarme algo más encima para así apreciar más si cabe tu insinuación al calor.

Aún recuerdo la última vez que te vi. Te observaba desde la ventana enfurecida. Imagino que tenías ganas de salir a pasear pero como no te tocaba, no te dejaban. Te escapaste ¿verdad? Pues no se a los demás, pero a mí, además de inundarme las calles me contagias las ansias de libertad.

Cuando te veo, me freno en seco. Una sensación visceral me atrapa y un deseo inafrontable de empaparme de ti me puede. Aún recuerdo cuando de niña, ese deseo me podía y a pesar de las regañinas de mi madre acudía a ti, a tu llamada a jugar mientras me empapabas.

Cuando más me gustas, más me excitas… es cuando vienes acompañada de ese sonido y juego de luces que sólo tu puedes crear. Es la sexta maravilla de este mundo, ¿cómo puede ser que haya gente que te tenga miedo cuando estás en pleno apogeo? Si es entonces cuando sacas a pasear toda tu creatividad, dándonos a los pequeños mortales un espectáculo tan voraz que a pesar de tu enfado, me haces sonreír y desearte tanto como si fueses el hombre al que amo.

Creo que hoy no me podré resistir a ti y jugaré contigo a pesar de las miradas de incomprensión. Dejaré que te cueles por mi vestido y me hagas reaccionar con los escalofríos de tus caricias y que me acunes con tus pequeños riachuelos a mis pies, que descalzaré para sentirte tan pegada a mí que los que nos miren no puedan sentir otra cosa más que celos y que su incomprensión y reproches de locura hagan que se exciten tanto como yo al tenerte tan cerca de mí.

Y me perderé en tu baile sin son, en tus caricias sin manos y te miraré al infinito pues es todo lo que acaparas cuando escapas. Abriré mis brazos y te esperaré agazapada, deseando con todas mis fuerzas que esta vez sea eterna y que cuando te marches poco a poco como haces de costumbre, tu música y luz me hagan señales en la lejanía de tu marcha para que cuando te hayas ido, me quede el recuerdo de por donde viniste, donde me tomaste y por donde te marchaste… y cuando despierte una mañana tus nubes negras me sonrían y me digan que ya estás de vuelta para tomarme de nuevo sonreiré de tal manera que las miradas que nos acechan pasarán de celosas a rencorosas, envidiosas de lo que ambas tenemos y ellos jamás serán capaces ni de imaginar.

Dime que me echaste tanto de menos que no pudiste resistir el escapar otra vez de tus carceleros para caer en mis labios secos de tanto sol y sedientos ya sin aliento… echándote tanto de menos entre visita y visita, me vuelvo virgen de nuevo.

Dime amante mía que cada vez que regresas, aunque sea mentira, tu humedad me desea tanto cómo yo necesito que seas mía. Dime entre truenos y relámpagos que la oscuridad que generas es para ocultar nuestra sin razón del amor entre la naturaleza y la pasión de este momento tormenta mía… donde el habla se queda en aquella esquina olvidada.


5 de octubre de 2009

Cadena de favores

Petición III: dezaragoza


"Hola, como estoy otra vez malito (que las bacterias me han cogido afición) me he puesto a pensar en plan retorcido. Algo muy difícil para tí: quiero que escribas sobre lo que pasa en la mente de alguien que se mete en política con toda la ilusión del mundo y acaba de diputado y metido en todo chanchullo que pasa por su lado. ¿Cómo crees tú que se podría producir ese grado de degradación?. Te dá para dos o tres post mínimo :D

(Ahora puedes poner calificativos a gusto, este es jodido ¿eh?)."

Espero cumplir tus expectativas :p.

___________________________________________________________


-¡Jamás seré como tú!

-Lo serás. Serás igual que yo y tu abuelo. Lo llevamos en la sangre.

-Cuando era pequeño y te veía llegar a casa unos días enfadado por encontrarte nada más que muros y otros orgulloso de haber derribado esos muros eras mi héroe, mi ejemplo a seguir. Ahora tras los años solo me avergüenzas y escondo mi procedencia. No eres más que un viejo corrompido que te vendes al mejor postor por un mísero traje.

-Yo era igual que tu, sí. Con miles de ideas, fuerzas infinitas y ganas de cambiar el mundo. Llegaba a casa a las tantas de la mañana cansado, pero deseando que llegara la mañana para seguir luchando. Y he luchado por darte todo lo que necesitas, a ti y a tu madre. Nunca te ha faltado de nada.

-Si me ha faltado padre. Un ejemplo a seguir.

-No sé exactamente donde he acabado. No sabes lo que es obtener una derrota tras otra, sin apoyo porque todos tus compañeros se vendieron antes que tu. Luchas por cambiar las cosas y hacer que tus ideas sean escuchadas, valoradas y nunca obtienes respuestas.

Llevo veinte años de lucha profesional. Como un perro abandonado, apaleado y sin adiestrar mordiendo manos y alimentándome de vísceras. No sé exactamente cuando perdí el norte pero nunca dejé de luchar por vosotros.

-No te escudes en nosotros. Luchabas por ti y tus ansias de cambiar el mundo se convirtió en pura avaricia. Siempre tenías las manos abiertas esperando que te las llenasen.

¿Dónde quedan tus discursitos sobre la decadencia? ¿Dónde quedan la hipocresía y tu venta directa de ti mismo y tus ideales? Tendrás los bolsillos llenos papá, pero eres pobre. Tan pobre que me das lástima. Ahora el Sr. Diputado tiene grandes coches, casas, un sueldazo para toda la vida, utilizas dinero público, dinero de la gente que representas en comidas, viajes… dinero de gente que antes era como tu papá.

-No sabes ni lo que estás diciendo.

-¿Qué no se? Recuerda que desde hace poco me nombraste tu asesor personal, papi. Yo pensando que mi gran ídolo confiaba en mí y lo que pretendías era que ocultase tus cuentas, tus chanchullos.

-¿Y qué piensas hacer? ¿Eh? ¿Denunciarme? Pareces hijo de otro. Aquí estamos todos metidos ¿O que te crees? Jueces, diputados, policías. El mundo es nuestro.

-Si está claro que por fin lo conseguiste, sí. Tener el mundo a tus pies. Aún recuerdo tu frase favorita papá., “para tener el mundo a tus pies solo hace falta agacharse y ver el camino desde otra perspectiva”. Si te has agachado papá, sí.

-Creo que esta conversación está tomando unas notas que no me gustan ni debo aguantar. Soy tu padre y por lo tanto me debes un respeto.

-¿Respeto? El respeto se gana con acciones. Respeto te tenía cuando eres un pobre hombre pero con esperanza. Cuando en tus ojos veía brillo cuando me contabas tus planes aunque yo no entendiera nada. Todo te importaba.

-Ya me da todo igual. Es como cuando tienes las manos llenas y te dicen "toma, aguanta esto". Yo aguanto y listo.

-¿Cuándo cambiaste papá? ¿Por qué lo hiciste?

-No lo sé. No sé lugar, fecha u hora. Sé que para conseguir un objetivo necesito un favor que tarde o temprano tendré que devolver. Yo hago favores y a cambio me los hacen a mí. Es así. Yo te hice a ti uno. Re convertí en mi mano derecha a pesar de tener otros candidatos mejores porque me debes lealtad por ser tu padre. Tu harás lo que yo diga y cuando yo lo diga porque sin mí no serás nada. ¿A caso no he hecho cosas buenas por este país? Quizás ha salido un poco más caro pero las he hecho.

-Te confundes de nuevo padre. Soy más sin ti que contigo. Yo no te pedí ningún favor, tu me lo ofreciste pensando que callaría y agacharía la cabeza como hiciste tu en su
momento por obtener poder.

-Si hijo sí, poder. Algo que si sigues así no tendrás nunca.

-¿Pero de qué clase de poder me hablas papá? Manejar la información a tu antojo y beneficio, tráfico de influencias, cuentas en suiza, apoyar mociones que van en contra de todas tus creencias… eso no es poder. Poder el que tengo yo para decidir libremente sin tener que pensar en que algún día tendré que devolver un favor, poder el de dormir todas las noches, el de mirar a la cara a la gente sin tener nada que esconder. Ese es el verdadero poder papá, no el que tienes tu.

-Mira, déjate de tonterías ya. Tengo una reunión en veinte minutos y aún no has preparado la documentación.

-Ni la prepararé. Me voy de aquí y te aseguro que tendrás noticias mías.

-Mira hijo, este jueguecito ya me aburre. Si quieres irte, tu mismo. Pero no me vengas con amenazas que no podrás cumplir ¿Pero qué crees que podrías hacerme niñato? Tu aún no te has enterado de quién soy yo y donde estoy subido.

-Por eso mismo papá, la caída será más dura.

Se fue del despacho de su padre tras un sonoro portazo. Indignado y roto por saber lo que era realmente su padre, una mentira, estaba decidido a hacer algo, cayese quién cayese.

A la mañana siguiente, el padre entraba en la cafetería de costumbre.

-¿Lo de siempre Don Pedro? – Dijo el camarero-.

-Sí, lo de siempre, y acércame los periódicos por favor. Voy a sentarme, tráeme el café cuando lo tengas.

Don Pedro se sentó y colocó los periódicos uno encima de otro, como solía hacer para mantenerse informado de las patochadas de sus compañeros “estos periódicos se parecen cada día más una revista del corazón”.

-¿Pero esto que es?