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1 de octubre de 2009

Verde Esperanza . Capítulo VI

Petición II: Fer



"Yo me apunto al siguiente capítulo de Verde Esperanza... así que te toca escribir 2 !!!

Muahahahahahahahaha"


Se que dije que no se podía repetir y de echo te dije que no... pero...

aquí lo tienes.

Verde Esperanza - Capítulo V

Petición 1: Markos.
"Así me gusta con la autoestima alta. Yo por lo que he podido experimentar, es más fácil escribir algo que se te ocurre espontáneamente, que te apetece o deseas que algo que te encarguen...
Yo me conformo a obligarte a continuar con el siguiente capítulo de Verde Esperanza
Bsos"

¡Aquí lo tienes!

_________________________________________________________

Miro hacia el escritorio y observo la carta lacrada y la llave.
En su cabeza mil pensamientos daban vueltas sin encontrar una coherencia entre ellas. Cuanto más pensaba menos entendía.
-No sé qué hacer… ¿tendré la misma enfermedad que el abuelo? Olvidar lo más importante en mi vida… y es que aunque solo recuerde haberla visto hoy… por primera vez, la sensación que tengo es de lejanía… cuando la he visto, cuando me ha besado… ha sido una la medicina que le dan al moribundo como última opción ante la muerte. No sabía que me sentía tan solo hasta que ha aparecido ella… bueno… ella ya estaba… creo… Debería ir al médico… Antonio la conoce… me ha hablado de ella como si la conociese de toda la vida… Marina… se llama como la abuela… entonces ¿desde cuándo nos conocemos? Debería llamar a los de las mudanzas a ver si es cierto lo de que faltan unas cajas con su ropa… sí, voy a llamar.
- Hola, soy Francisco Martínez. Les llamo porque parece ser que me faltan unas cajas de la mudanza que me hicieron ayer.
-Un momento por favor. Disculpe, pero no tenemos ningún Francisco Martínez.
-Pues les aseguro que me han hecho la mudanza ustedes.
-Dígame la dirección por favor.
-Avenida de La Esperanza 234.
-Sí, efectivamente le hemos hecho una mudanza pero la ficha está a nombre de Marina Baeza.
-Hmmmm… eso no puede ser porque recuerdo perfectamente cuando fui a contratarles y de hecho tengo aquí mismo la…- decía mientras abría el cajón del escritorio y sacaba la factura- disculpe, es cierto… está a nombre de Marina…
-No se preocupe un descuido lo tenemos cualquiera, dígame- dijo la recepcionista en tono sarcástico.
-Verá… parece ser que faltan unas cajas… - hablaba mientras casa vez se sentía más loco. Entonces al mirar la factura vio que en la factura había contratado el desplazamiento de 56 cajas, cuando el… lo que recordaba eran tan solo 32.
-Déjeme que haga unas verificaciones y le llamo por favor.
-De acuerdo gracias… es que faltan justo las cajas donde está la ropa de mi… de… de mi novia- y colgó el teléfono.
Con la factura en sus manos se dio cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. La había borrado de su memoria de un día para otro tal y como le había pasado a su abuelo… pero no estaba dispuesto a pasar por todo lo que había pasado él… no sabía cómo pero nadie podía darse cuenta.
-Fotos… necesito fotos… así seguramente se me refresque algo la mente.
Se dirigió a la entrada de la casa, allí estaban la mayoría de las cajas apiladas. Comenzó a abrir las cajas una tras otra buscando algo que ni siquiera sabía si existiría hasta que al abrir una caja rotulada con la palabra “personal” encontró unas carpetas que parecía álbumes. Se sentó en la mecedora y con un gran suspiro lo abrió.
Comenzó a mirar las fotos. En todas ellas, al margen había algún comentario. Había fotos de ellos junto con familiares y amigos, solos… en sitios, lugares y circunstancia que él recordaba haber vivido… pero donde no la recordaba a ella.

-19 de enero de 2007, nuestra primera excursión al campo. 14 de Marzo de 2007, viaje a Atenas. 27 de Marzo 2007, cena en nuestro restaurante favorito. -Comenzó a pasar las hojas del álbum rápidamente- 16 de Febrero de 2008, nuestro segundo aniversario. 23 de Abril de 2008, boda de Antonio y Mercedes, ¡Antonio está casado! Esto no lo recuerdo…
Un huracán de sentimientos le cubría por completo. No sabía si recurrir a su parte más retorcida y acabar con esto o como siempre había hecho ser coherente con las circunstancias y apechugar con lo que le venía encima.
Tenía una sensación rara. Sentado en el salón, mirando a través del ventanal no paraba de dibujar la cara de ella en su mente y sonreír a la vez que la imaginaba. Era extraño. Una vida vivida sin un recuerdo diario que al saber cierto su corazón latía con más fuerza, más energía.
Aún no sabía cómo hacer para recordar.
-Seguramente me vaya acordando poco a poco. Sé que ella me ayudará a hacerlo. Pero no puedo decir lo que me ocurre. No puedo terminar como el abuelo. Marina no puede notar nada. ¡Esta noche! Decía algo en su nota de esta noche… que no me olvide de lo de esta noche. ¿Qué día es hoy? 16 de febrero ¡nuestro aniversario! Tercer aniversario. ¿Cómo voy a recordar lo que teníamos planeado para hoy si no recuerdo nada?
Subió hacía la habitación y comenzó a vestirse.
-Prepararé una cena o algo así… ya veré que se me ocurre. Y un regalo… ¿Qué la regalo? No me acuerdo de ella como para saber sus gustos ¡Joder! No puede notar nada.
Terminó de vestirse, bajó a la cocina y tomó un sorbo del café ya frio.
-¡Ya sé que comprarla! – Pensó emocionado- El abuelo siempre decía que a la abuela la encantaban las mariposas… no sé… tal vez… conozco una joyería.
Salió de casa y se subió al coche mientras pensaba que a pesar de ser un loco era feliz. Le daba igual que no recordara, solo quería seguir sintiendo lo que sentía.
Llegó al centro y aparcó el coche justo en frente de la joyería. Entro y comenzó a mirar por las vitrinas.
-Disculpe ¿le puedo ayudar en algo? –Dijo el dependiente.
-Pues mire, sí. Quería algo para un regalo con forma de mariposa.
-Bien, tenemos varias cosas que seguramente le gusten. Mire, este broche es un valioso objeto de colección.
-No… tenía pensado algo más… no sé cómo explicarle.
-Espere… mire estos pendientes son exquisitos. Ni muy grandes ni muy pequeños. Ideales para cualquier ocasión.
-Quería algo especial, no importa el precio.
-De acuerdo, espere un segundo por favor, voy dentro. –Decía el dependiente mientras se giraba y se metía por una puerta negra de seguridad, no tardó mucho en volver- esta es una pieza fantástica y muy original, es un colgante con piedras de esmeralda. Cómo ve la luz verde que desprende es casi única y la forma de la mariposa casi hace parecer que es real.
-Me encanta, envuélvamelo por favor, me lo llevo.
-¿Está seguro? Cualquiera de las piezas anteriores sería un regalo perfecto.
-No, quiero este. Es como si ya lo hubiese visto antes.
-Desde luego tiene buen gusto.
El dependiente se afanó en el envoltorio poniéndolo en una bolsita de terciopelo negra y cerrándola con un lazo de seda roja.
Pagó, la cogió y se fue por la puerta de cristal dando las gracias al dependiente.
Nada más salir de la joyería el dependiente cogió el teléfono y llamó por teléfono.
-Hola, soy yo, ya se lo ha llevado.
-¿El de siempre?
-El de siempre… y mira que he intentado meterle otras cosas y nada. Es de ideas fijas.
-Genial, muchas gracias por tu discreción, como siempre.

-Sabes que es un placer.
-¿Algo nuevo o diferente?
-Que va, como siempre, igual de ilusionado y feliz. Ahora mismo le veo desde aquí, está montando en el coche.
-Gracias, nunca sabré como recompensarte.
-No te preocupes, esta es mi buena acción de todos los años.
Colgó el teléfono y sonrió.



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Nota: a partir de ahora esta saga continuará aquí.

9 de junio de 2009

Verde Esperanza - Capítulo IV

Mientras veía como ella subía la escalera un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. No comprendía bien la situación pero sabía que ella no podía marcharse de aquella casa. Pero… ¿Cómo había sucedido esto? ¿Por qué necesitaba tanto a alguien a quién no conocía? ¿Por qué sentía que la conocía de toda la vida? ¿Por qué era tan importante para él? ¿Por qué no podía vivir ya sin ella?


-¿Qué voy hacer cuando ella no encuentre su ropa?- se dijo.- ¿Pero qué digo? Me estoy volviendo loco… necesito echarme… pero esta sensación que tengo… - se decía mientras ponía un pie en las escaleras- No, no quiero subir… no quiero que esto termine… ¿y si ella no está? Estaría loco… y no quiero averiguar ninguna de las dos cosas… si ella no está… si me he vuelto loco… necesito echarme- Se acercó al sofá y se echó mientras en su mente dibujaba una y otra vez a aquella mujer que le sonreía- Sí… debo estar completamente loco.


Despertó sobresaltado, el teléfono sonaba.
-¿Si?


-Hola tu.


-Joder tío… empiezo a pensar que estoy completamente loco- decía mientras se levantaba e iba a la cocina- No te puedes imaginar la paranoia que he estado soñando- al ponerse frente a la nevera para abrirla vio una nota.- Espera…-


“No te he querido despertar… no he encontrado mi ropa, seguro que los de la mudanza la han perdido, ¿podrías llamarles?
Te quiero.
P.D.: No te olvides de lo de esta noche”


-Vale, no estoy loco… pero no entiendo nada-


-¿Qué pasa?


-¿Te acuerdas esta mañana cuando me dijiste que si había una tía en mi casa?


-¿Yo? Si es la primera vez que te llamo hoy.


-No me jodas… que hemos hablado dos veces. Mira… comienzo a cabrearme… una cosa es que una loca se me cuele en casa y otra muy diferente que resulte que el loco soy yo.


-¿Pero qué dices? Te he llamado porque Marina ha llamado a mi chica preocupada… que dice que estabas muy raro esta mañana y que te llamase… y comienzo a pensar que no estás nada bien.


-¿Marina? ¿Cómo que Marina? ¿Quién es Marina? Mira… vete a la mierda - Dijo y colgó el teléfono.


-Me va a estallar la cabeza… se llama Marina, Marina… y Antonio la conoce… y que tiene “chica”… ¿desde cuándo tiene chica? Y que yo estoy raro… cada vez entiendo menos… de hecho no entiendo nada. ¿Me abre vuelto loco de verdad? ¿Cómo no voy a recordarla?


Se acercó al escritorio y reparó en el agujero que había en su madera. –Ya no me acordaba de esto…- Metió la mano y saco varios papeles y una llave. Habían dos cartas… una color verde y otra blanca sellada con lacre aplastado con la llave.


-Verde, como no…- dijo mientras se dibujaba una sonrisa irónica en su cara- Imagino que esta será la primera que deba abrir… hay abuelo… -


Las manos le temblaban y un sudor frio le recorría la espalda. Aquella carta de papel tan verde le traía recuerdos a su mente que creía haber olvidado hacía tiempo pero al tener ese color delante de nuevo se dio cuenta que lo único que había hecho durante todos esos años era asimilar algo que le marco de por vida.


Tenía la sensación de que al abrir aquella carta nada iba a ser como siempre y que, sin saber cómo todo su mundo se desplomaría ante sus pies.


Cogió el sobre y lo acercó a su nariz –si abuelo, esto es tuyo…- Lo miro de nuevo… le parecía como si aquel sobre pesase una tonelada a pesar de su aspecto delicado. Lo abrió y de dentro cayeron unas hojas que enseguida recogió - ¿Y ahora que me espera abuelo?-.


Comenzó a leer.


“Dicen que todo es un cúmulo de casualidades. Que esta vida ya está planeada y según el individuo con un destino y unos pasos ya marcados. La gente se equivoca.


Yo he tenido la oportunidad de crear mis propios pasos y seguramente elegiré mi final cuando crea conveniente, o eso es lo que hasta el momento he podido comprobar.


Con tan solo 41 años que tengo, dos niños y viudo desde hace tan solo seis meses a veces me faltan las fuerzas, aunque cada vez tengo más claro que es por mi propio egoísmo.


He vivido lo más maravilloso que jamás nunca nadie podría imaginar… algo que ni en mis más profundos sueños podría haber imaginado y que ni en mis peores pesadillas pensé que podría haber soportado… es lo que tiene la mente y el corazón humano… que sorprende a la vez que asusta, que adoras a la vez que odias… que te falta a la vez que sobra.


Hoy hace 18 que ella apareció en mi vida… hoy la recuerdo como el primer día en el que la taché de loca cuando el loco era yo. ¿Cómo pude olvidarla? ¿Cómo pude olvidar todo nuestro pasado juntos?


Mi mente durante estos años me ha jugado muy malas pasadas. Después de mi “lapsus” mental tuve la gran tarea de recopilar datos… Nunca olvidaré los tres años que pasé en el psiquiátrico intentando recordarla… a ella… pues era lo único que mi mente pasada, mis recuerdos no querían traer a mi mente.


Nunca olvidaré los gritos de impotencia en aquella sala aislada, las lágrimas derramas que se evaporaron en ese suelo en el que ninguna fregona se atrevía si quiera pensar mancillar, en cómo dejaba mis uñas marcadas en aquella puerta de metal y cuando la veía a través de aquella pequeña ventana marcharse… cuando yo gritaba “esa es la loca no yo” como me miraba y lloraba… con auténtica desesperación.


Recuerdo las fotos que me enseñaba en las que yo estaba junto a ella, en infinitas ocasiones en miles de lugares diferentes. Las cartas que la escribí de mi puño y letra imposibles de falsificar. Y mi negación a lo evidente… a lo que sentía por ella… a lo que no encontraba explicación… Y es que no hay mayor locura que creer en la cordura.


Perdí tres maravillosos años por no entender que el que estaba mal era yo… perdí un tiempo que nunca volverá ahora que ella ya no está…


Se fue a la tumba sin poder confesarla… a ella, mi vida… que nunca recordé ese pasado que mi mente me robó. Que esos años que desee y sigo deseando recordar se esfumaron sin poder disfrutarlos en un futuro ahora solitario como recuerdos únicos. Jamás la revelé que nunca recordé cuando nos conocimos, ni cuando la vi por primera vez. Que averigüe cuales eran sus flores favoritas por casualidad y que supe que la encantaba la mermelada por como metía el dedo en el tarro todas las mañanas. Pero debía salir de allí. No podía por más tiempo ignorar mi debilidad… como logró enamorar de nuevo mi corazón olvidadizo viéndola tan solo una vez al mes durante aquellos largos años y como me esperó siempre… con sus ojos gritándome la palabra esperanza.


Marina mi vida… como te echo de menos y cuanto no recuerdo y cuanto recuerdo ya que es lo único que me queda de ti.”


-Pero… Marina… abuelo… Marina… no sabía nada de esto… Marina…- decía mientras miraba por el gran ventanal.

21 de mayo de 2009

Verde Esperanza - Capítulo III

Parecía que el sol hoy se iba a dejar ver. La mañana había amanecido tranquila y las nubes se retiraban serenas movidas por una delicada brisa que movía los arboles del jardín dejando entrar por la ventana una melodía que le recordaba a la mar.


Se levantó y se preparó un café. Solo, cargado, como le gustaba despertar por las mañanas. Se echó tres cucharadas repletas de azúcar morena y se dirigió al ventanal del salón, el que daba al porche (la valla por fin estaba arreglada).


La casa del abuelo quedó bastante bien. Unos pocos arreglos en paredes, un acuchillado en el suelo y cambio de algunos muebles. Quién iba a decir que después de mantenerse la casa cerrada durante diez años iba a estar en tan buenas condiciones “como me alegro de que a mis padres les vencieran los recuerdos y no vendieran la casa”- pensó. Aún quedaban unas cajas por desempaquetar y algunas cosas por colocar de nuevo en su sitio.


Mientras saboreaba sorbo a sorbo el café, en el portátil que tenía encima del escritorio sonó el típico sonido de “mensaje nuevo”. Se acercó y se sentó apoyando la taza en la vieja madera, tapando con delicadeza la marca que dejó en ella el último cigarro de su abuelo.


Mientras leía, se dio cuenta que el portátil cojeaba de una de sus esquinas. Lo movió, pero aún así seguía cojeando. Cerro la tapa y lo aparto apoyándolo en el suelo. Pasó la mano por encima del escritorio y se dio cuenta de que una pequeña madera sobresalía. Intentó con unos débiles golpes que esa chata montaña se convirtiese de nuevo en meseta., pero en uno de esos golpes la madera salto y dejo ver un tímido hueco. Al fijarse en el, se dio cuenta de que las pequeñas maderas de alrededor también se levantaban. Ayudándose con la uña fue levantando una a una esas tablas. Ahora quedaba al descubierto un hueco en el que cabía perfectamente la mano. Veía algo, pero no lograba saber que era exactamente. Metió la mano y logro palpar algunos papeles y lo que parecía una llave. De repente sonó el teléfono y movido por una sensación de sorpresa sacó la mano rápidamente de aquel agujero clavándose varias astillas en los dedos.


-¿Si?
- Buenas mendrugo. ¿Qué, ya estas instalado?
-Joder tío, que susto me has dado. ¿Cómo tienes mi teléfono?
-Pues si que ibas borracho ayer… le diste tu teléfono a todo lo que llevaba faldas y en una de esas me lo diste por si tenía que rescatarte esta mañana.
-¿Rescatarme de qué?
-Te estás quedando conmigo.
-No me entero de nada.
-¿Pero tú has mirado en tu cama esta mañana?
-¿Pero de qué coño hablas? ¿Mirar en mi cama el qué?
-Ayer te fuiste en el coche de una morena… que si, estaba muy buena, pero yo no sé quién estaba más borracho de los dos.
-Tú te pinchas. No me acuerdo de nada de eso.
-Hazme el favor de buscar a la morena esa en tu casa, porque no creo que se haya ido… con la mierda que llevaba se tuvo que quedar inconsciente.
-A ver tío, que he estado en mi casa toda la noche y aquí no hay ni Dios. Además, si hubiese dormido con una morena, rubia, pelirroja o una calva me habría dado cuenta.
-Míralo coño.
-Pesado coño ¡Voy!
- se dirigió a las escaleras- Estoy subiendo… un pie, otro pié… Por cierto ¿Te he dicho que la casa ha quedado fantástica? A ver… mi cuarto… ¡Joder, tío, tío, no hay nadie!
- ¡Vete a la mierda gilipollas!
-Jajajajaja. Que no hay ni dios, ya te lo dije.
- en ese momento oyó una voz femenina desde el otro lado de la puerta del baño- ¡Oye! ¿Es que tu no te limpias el culo o qué? Tráeme papel anda.
-¡Te cuelgo tío, te cuelgo, que aquí hay una tía!- Salió corriendo escaleras abajo como un loco y entro a la cocina buscando en la despensa papel higiénico mientras no paraba de balbucear… Cogió el papel y salió disparado a la planta de arriba tropezando con las escaleras dándose en la espinilla - ¡Joder! - Se levantó a duras penas agarrándose a la barandilla de la escalera y emprendió el camino hacia la habitación cojeando… Justo cuando llegó al resquicio de la puerta paró en seco al ver su reflejo en el espejo de la habitación. Estaba completamente despeinado, con una herida en la rodilla, en una mano aún llevaba el teléfono y en la otra un rollo de papel higiénico hecho un burullo. Resopló y se colocó el flequillo. Se acercó despacio hacia la puerta del baño y llamo con cuidado.


- ¿Hola? Traigo el…
- ¡Ya era hora! Si tuvieses las cosas como hay que tenerlas no tendría que pedirte el papel casi todos los días, no sé la de veces que te habré dicho que pongas un rollo nuevo cuando termines el que haya puesto… pero claro… también te digo que levantes la tapa y no lo haces nunca… y que recojas los pelos después de afeitarte y que tapes el champú… pero claro…
- era una voz dulce y aterciopelada la que le hablaba.-
- ¿Perdona?
- Bueno qué ¿Me vas a dar el papel o salgo yo a por él? Te advierto que no sería una bonita estampa en ese caso.
- ¿Qué pretendes que lo entre yo? Saca la mano y te lo doy.
- Cada día estas más tonto… entra coño.
- ¡Tú estás loca! Saca la mano.
- Dios mío de mi vida… dame anda
– Abrió la puerta del baño lo suficiente para sacar la mano cogió el papel y cerró la puerta.- Oye, he estado buscando mi ropa y no hay nada ni en cajones, armarios ni nada, de nada ¿No lo habíamos sacado de las cajas?
. ¿Qué?
-Pues eso… que si no habíamos sacado de las cajas toda la ropa… Porque no encuentro nada… ni las bragas… y después de lo que hicimos anoche… que parecía que te había poseído un toro en celo…
- Mira, me vas a perdonar pero me da la sensación de que te has escapado del psiquiátrico… así con o sin bragas en cuanto salgas de ahí ya te estás largando de mi casa.
-¿Pero se puede saber que te ha dado esta mañana? ¿Qué? La resaca te está afectando la mala leche que ya llevas por defecto… bromitas las justas y hazme el favor de sacar mi ropa de donde la hayas metido… voy a ducharme que llego tarde al trabajo.
-Mira estas empezando a tocarme los…
- En ese momento el agua de la ducha empezó a caer y oyó como esa voz comenzó a entonar una canción que le era muy conocida pero que no reconocía. Por su boca comenzaron a salir todo tipo de improperios. Agarró el teléfono y llamo a su amigo, al que había colgado cuando descubrió que había una mujer en su casa.


-Soy yo.
-¿Qué, había o no había una tía en tu casa?
-Sí.
-¿Y?
- Pues que la tía esta está como una puta regadera… tal y como habla parece que estamos viviendo justos.
- ¿Pero qué dices?
-Pues eso… ¡Que sí esta harta de decirme que limpie los pelos del baño, que no cierro el champú, que donde está su ropa! Mira… si esto es una broma ya os habéis reído lo suficiente macho… hacedme el favor de llamarla y decirla que la broma ya se ha terminado… porque estoy a punto de llamar a la poli… ¡Coño! ¡Qué he tenido que subirla papel del pecho y pretendía que se lo metiese en el baño! Así que, muy bien…me la estáis haciendo pasar putas, ole por vosotros.
-Te juro que no es una broma… mira… no sé que la pasa a esa tía por la cabeza pero te juro que esto no es cosa nuestra… yo que tú llamaba a la poli, al psiquiátrico o lo que haga falta, pero que se la lleven de allí ya.
-Venga te cuelgo.


Marcó en el teléfono el 112 y comenzó a escuchar los tonos de llamada… justo en ese instante, la voz dulce y aterciopelada que le había cautivado hacía un rato se convirtió en la figura de una mujer envuelta en una sábana color verde esperanza que realzaba su pelo mojado largo, oscuro y rizado. Bajaba por las escaleras mientras le sonreía y miraba como si él fuese el único hombre sobre la tierra. Despedía una energía y luz que le maravillaban y no pudo más que sonreír el también.


Ella se paró en el último escalón y alargó su mano llamándole. Colgó el teléfono y se acercó. Se miraron por unos instantes a los ojos y el comenzó a llorar. Acercaron sus labios y comenzaron a besarse. Él sentía los labios de ella como si siempre hubiesen estado pegados a su boca y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sus bocas desesperadas por beber la una de la otra tiernamente llamaban a sus lenguas a un baile perfectamente sincronizado que no parecía tener fin… él no quería que tuviese fin. Sus manos aún asustadas se levantaron y no pudieron más que abrazarla mientras ella jugaba con su pelo. Ella se alejó y le miro…
-Buenos días cariño.-

27 de abril de 2009

Verde Esperanza - Capítulo II

Llevaba toda la mañana intentando localizar a su abuelo. Quería haber ido a verle hacía días, pero con los exámenes tan cercanos no sacaba tiempo.

Decidió que de esa tarde no pasaría y que iría a verle en cuanto terminara la última clase. Además, tenían que concretar a qué hora iba a ir a buscarle el sábado para ir a pescar.
Alrededor de las 3 por fin el martirio terminó. El profesor dio por terminada la clase de física. Cogió la mochila apresuradamente y salió corriendo por el pasillo, no quería perder el autobús de y cuarto.

Al llegar a la casa se fijó en que no estaba fuera sentado en su silla, con las piernas estiradas apoyadas en la barandilla vieja del porche fumándose uno de sus amados cigarros mirando hacia el cielo mientras hacía círculos con el humo… “que hombre… si es que es cierto eso de que los viejos son incambiables, yo no sé la de veces que se abre dicho de arreglar la valla”- pensó. Se acerco a la puerta y llamó varias veces. Nadie abría. Levantó su mano dirigiéndola hacía la parte superior del marco de la puerta, ahí siempre había una llave… efectivamente, ahí estaba.
Abrió y cerrando de un portazo subió rápidamente las escaleras, seguramente el abuelo estaría leyendo el periódico en la sala de arriba. Pero no estaba. “¿Abuelo?”.

Bajo las escaleras esta vez lentamente, mirando a través de los palos de madera de la barandilla y fijándose en las fotos que habían colgadas en la pared de enfrente… la de años que llevarían ahí.
Al bajar se dirigió a la cocina mientras le seguía llamando “¿Abuelo?”. Abrió la nevera y cogió un refresco “Por aquí huele a tabaco, debe estar en el comedor”.
Al entrar por el gran arco que separaba el comedor del pasillo vio a su abuelo recostado en la mecedora. Tenía la manta de la abuela encima de las rodillas y tenía cara de felicidad… “Vaya siestecita se está echando el yayo”- pensó.

Se acercó a él y le dio un beso en la frente. Subió un poco la manta para taparle el abdomen y fue entonces cuando vio en el suelo, un sobre color verde esperanza. Lo cogió lentamente para que su abuelo no despertara. “A mis niños” Leyó en la parte exterior.
Se apoyó en el escritorio de la esquina, abrió el sobre y comenzó a leer.

Las lágrimas corrían por sus mejillas desbocadas… el agua salada, cristalina, caía sin permiso en la carta que su abuelo había escrito enturbiando algunas de las palabras allí plasmadas… violando los sentimientos allí heredados.

Miró a su abuelo y con un grito de dolor arrugo la carta entre sus manos queriendo fundirla con su alma para que esa carta desapareciera en la nada. Se arrodillo clavando sus rodillas en el suelo con tal fuerza que el suelo tembló y dejó caer la mochila que aún llevaba colgada de sus hombros. “¿Por qué abuelo? ¿Por qué?” balbuceaba mientras su cara corrompida por los sentimientos dejaba que su boca se abriera de manera inhumana guiada por las ansias de llorar y maldecir a ese viejo que yacía muerto en la mecedora.

Apoyó su cabeza en las rodillas aún calientes de su abuelo mientras la carta aún la tenía entre las manos. La miro y miro a su abuelo, haciendo movimientos negativos con su joven e inexperta cabeza sin entender porque su abuelo había hecho aquello.
______________________________________________

Habían pasado dos días desde que encontró a su abuelo. En esos dos días se manejó en el mundo como un zombi que hace sin saber de dónde le salen las fuerzas… viviendo el día a día sin remedio pues su cuerpo es lo que le pedía.

Llovía y hacía frio. Estaba en el cementerio. Hoy era el entierro.

Abrieron el nicho donde su abuela estaba. Habían pasado tantos años desde su muerte que el ataúd donde ella yacía era un puñado de madera vieja y astillas que envolvían un montón de huesos. Los enterradores, cogieron los restos de su abuela, incluidos los del ataúd viejo y los metieron en una bolsa de plástico. Nunca había estado en un entierro en el que metían unos restos dentro de un reciente ataúd. No pudo más que mirar hacia otro lado y seguir llorando a la vez que maldecía.

Las palabras que su abuelo les dedicó en sus últimos momentos no hacían más que venírsele a la cabeza una y otra vez “no logro dormir por las noches ni vivir los días porque la falta que ella me hace es aún más importante que el aire que respiro”.

No pudo más y echó a correr por los caminos custodiados por cipreses centenarios mientras que el único sonido que oía era su propio llanto. Por fin paró agotado y se sentó en un banco de piedra blanco mojado por la lluvia que aún caía. Miro al frente y descubrió la vista que tenía de cientos, miles de nichos tan bien ordenados que daban escalofríos no por el hecho de lo que en ellos se guardaba sino lo que el que estuvieran allí entrañaba.

Dejó de llover y una pequeña brisa comenzó a bailar con los cipreses oyéndose un sonido tranquilizante… conmovedor. Era como si aquellos sabios centenarios empapados de tantos sentimientos diferentes le cantaran una nana para que se calmara. Descolgó su mochila de la espalda (no sabía porque pero siempre la llevaba consigo), rebusco y encontró el cuaderno de matemáticas. Cogió el estuche, saco un lápiz color rojo y comenzó a escribir.

“No sé si te odio o te quiero aún más por lo que hiciste. Que me hayas privado de ti, de tu sonrisa, de tus historias únicas que nunca me aburría de escuchar hace que en mí crezca un sentimiento de odio que jamás había sentido antes.

Sé que has hecho tu voluntad. Pero también sé que con tu partida has logrado que odie a todo lo que para mí representabas. Me siento engañado, estafado por ti y por el amor que decías me tenías.

Durante estos dos días, no he logrado dormir ni comer intentando comprender el porqué de tu marcha y de cómo lo has hecho.

Cada vez que recuerdo cuando entre en el salón y creía que dormías plácidamente mientras te besaba la frente y subía la manta de tus rodillas para que no pasaras frío… cuando ya lo estabas. Cuando pienso en ese sobre y todo lo que allí contabas, me invade un sentimiento de rabia y por el contrario… de orgullo.

No te creo cobarde abuelo, no te vayas con esa pena. Sé certeramente que eres valiente, muy valiente por todo a lo que has renunciado sabiendo además que nos hacías daño por alcanzar aquello que te hacía falta. Ve… vayas donde vayas con la cabeza bien alta. Siéntete orgulloso de tu paso por el camino de esta vida sabiendo que tú has logrado elegir tu destino. Eres muy afortunado.

Perdóname que te haya maldecido y odiado… perdóname abuelo, pero comprende que con dieciséis años que tengo hay cosas que se escapan a mi razón y yo solo pensaba en mí, al saber que no iba a poder ir contigo nunca más de pesca, que jamás volvería a escuchar una de tus historias de la guerra ni de cómo conociste a la abuela.

Tengo que darte las gracias, porque incluso en tu partida me has dado una gran lección. Ahora sé que he sido no solo afortunado de haberte conocido, sino de que hubieses sido mi abuelo y que con tu último suspiro me enseñaras que la vida no es solo vivirla si no saber hacerlo y tú abuelo, una vez más, me has demostrado que el amor sigue más allá de la muerte y que aunque no te vuelva a ver, las marcas que has dejado en mi alma harán que siempre vivas en mí.

Te envidio, por como amabas… por haber encontrado un amor tan puro que ni la muerte ha sido capaz de arrebatarte de las manos, porque aunque yazcas en un ataúd de madera en el nombre del amor, inerte a lo que conocemos como vida, tengo la certeza y seguridad de que has logrado lo que pretendías y es la felicidad, la dicha de lo que buscabas aunque el camino haya sido costoso y doloroso… porque sé que las sonrisas que nos regalabas, los besos y abrazos en los años, eran una despedida anunciada de lo que solo tú sabías iba a suceder.
Recuerdo entre lágrimas de alegría abuelo, te lo prometo. Pero ten en cuenta que en más de una ocasión… de mil ocasiones tal vez te vuelva a odiar aunque solo sea por un segundo… te odiaré inconsciente de mi conciencia pero reaccionaré sabiendo que eres feliz.

Imagino lo difícil que ha debido ser para ti esta decisión. Imagino lo costosa que debió ser sabiendo lo que dejabas… sabiendo que no te comprenderíamos. Mis padres no entienden. Los tíos no comprenden y mis primos… solo lloran. Pero sé que un día lo comprenderán. Sé que un día miraran tu foto y dirán “ese es mi padre… mi abuelo… y tuvo el coraje de seguir sus sueños más allá de la muerte".

Te amo abuelo, incluso más que hace unos días… por la falta que ahora sé que me haces… por el orgullo que siento cuando dicen que me parezco a ti… por saber que gracias a ti, soy como tu”.

Miró por un momento lo que había escrito. Arrancó la hoja del cuaderno, la doblo en varias partes y la mantuvo entre sus manos mientras contemplaba el desolador paisaje.

Se levantó tirando al suelo el cuaderno y lápiz que en sus rodillas reposaban y corrió de nuevo por los caminos del cementerio buscando algún llanto que le indicara dónde se encontraba su abuelo.

Corrió y corrió dejando esquinas de nichos y panteones a sus espaldas, hasta que de repente paró y descubrió que había llegado a donde nunca debía haberse marchado.

No quedaba nadie.
Coronas y ramos de flores con cintas escritas con palabras absurdas por evidentes tapaban donde había sido enterrado su abuelo.

Aún tenía la hoja de papel arrugada en sus manos. La miró y miró el jardín de flores destinadas a morir. Alargó uno de sus brazos y colocó el papel corrompido por los sentimientos debajo de uno de los jarrones que suspendía del lateral del nicho.

“Abuelo, gracias por enseñarme lo que es vivir la vida”.

15 de abril de 2009

Verde Esperanza - Capítulo I

Parecía mentira lo que su corazón sentía. Cuando recordaba su cara… esa tez tan marcada, morena y esos ojos azules cielo… cristalinos que tantas cosas había vivido, que tanto le seguían diciendo cuando miraba su fotografía. Había quedado con ella en apenas una hora y no sabía que ponerse.


Abrió la puerta del armario y vio lo de siempre. Nada de lo que tenía era suficiente para ella, no era suficiente para él. Rebuscó entre los cajones y todos los pantalones que encontró estaban demasiado corroídos por el tiempo y las experiencias. La verdad es que era ropa con personalidad, su personalidad.


Al final, decidió ponerse la camisa blanca con rayas verdes (es la que llevó en el bautizo de su primer nieto), los zapatos negros de la boda de su hija y seleccionó los pantalones de pana verdes… los que tienen un pequeño agujero en la rodilla… ese agujero se lo hizo aquella vez que ella resbaló y cayó en la acera. Llovía aquella tarde e iban los dos bajo el paraguas negro con un pequeño ribete marrón que bordeaba las varillas plateadas que compraron hacía unos años en su primer viaje a Viena. Cuando bajó rápidamente a socorrerla su rodilla derecha apoyó encima de una china y sintió un leve pero punzante dolor pero como se rieron.


Tenía que afeitarse, no podía ir con esa barba de varios días. Rebusco en el cajón del mueble del baño su vieja cuchilla, cogió el jabón en barra, la brocha y comenzó a echarse la espuma por la cara. El olor del jabón penetraba en sus orificios nasales haciéndole recordar tiempos pasados mejores, mucho mejores. Sentía nostalgia de lo antiguo, de lo verdadero… de las emociones pasadas y… de los labios de ella besándole el cuello mientras se afeitaba. Pero hoy se iban a ver y eso le reconfortaba. Pasaba la cuchilla por su cara y la aclaraba bajo el grifo. Cada dos o tres pasadas, pegaba un pequeño golpe con ella en el lavabo que acompañaba al sonido del agua desbocada emitiendo una sintonía digna de elogio. Al terminar colocó con sumo cuidado la cuchilla en el armario superior… no quería volver a perderla de vista.


Abrió el grifo de la ducha y en poco tiempo una pequeña niebla había cubierto por completo el baño. Miro hacía el espejo completamente lleno de vaho y con uno de sus dedos escribió “por ti, siempre”. Mientras lo leía una y otra vez, una sonrisa asomaba en su cara mientras contemplaba como unas pequeñas gotas caían entre las letras dirigiéndose lentamente hasta el final del espejo sabiendo que ahí estaba su fin.


Se metió en la ducha y el agua caliente recorrió todo su arado cuerpo recorriéndole un escalofrío placentero… “ si ella supiese que me estoy duchando en agua tan caliente la daría un pasmo… seguramente me gritaría desde la puerta del baño –otra vez igual? Luego dices que te baja la tensión!-“ al recordarlo no pudo más que reír al recordar su cara enojada pero bella, siempre bella. Cuanto la quería.


Al salir de la ducha se fijo en las cortinas que cubrían la bañera. Eran de color ceniza con unas pequeñas flores bordadas en la parte superior en el mismo color. En la parte inferior se notaban los años que tenían, porque el color ceniza se convertía en un leve beige. Se acordó que cuando fueron a comprarlas discutieron. Él quería unas a cuadros rojos y verdes que iban perfectamente con las baldosas de la pared, pero ella… -como se me ocurriría discutir con ella, si la cabezona siempre se salía con la suya- dijo en voz alta mientras de nuevo se reía.


Comenzó a vestirse. Al terminar se acerco a la cómoda de la habitación. Allí guardaba unas gotas del perfume que más la gustaba a ella. Sabía que tarde o temprano tendría la ocasión perfecta para usarlo. Cuando se lo ponía siempre le olía detenidamente. Acercaba su nariz al cuello de él y la rozaba sutilmente. Inspiraba suavemente y él sentía como se le erizaba el bello y una sensación sensual, erótica le recorría todo el cuerpo.


Se miró en el espejo de pié que tenía al lado de la cama… -perfecto, estoy perfecto- se dijo mientras se miraba de arriba abajo como si fuese a pasar una revisión militar.


Bajo al salón. Cogió unos folios, una pluma, el tabaco y un cenicero de encima de la mesita de fumador que había preparado minuciosamente la noche anterior. Se acercó al escritorio antiguo color caoba que tenía en la esquina, saco la silla y se sentó. Buscó el mechero de plata con sus iníciales en el cajón izquierdo. Ahí estaba… dentro de la caja de terciopelo azul. Encendió un ducados negro y comenzó a escribir…


"A mis niños:


Queridos hijos, nietos míos… he decidido que hoy es el día de partir. Vuestra madre y abuela lleva demasiados años esperándome y yo ya no logro dormir por las noches ni vivir los días porque la falta que ella me hace es aún más importante que el aire que respiro.


Sé que seguramente no me entenderéis, pero no me tachéis de cobarde por favor. Lo que hago es un acto de valor, no de terror.


Me voy feliz aunque no sepa bien lo que me encontraré, porque en mi mente y en mi alma tengo la seguridad de que ella me está esperando no sé si en el más allá, en el cielo o en el infierno… pero no hay peor infierno para mí que ver sus fotografías y no poder abrazarla, ver su ropa sin movimiento y no olerla cuando ando por casa.


Os echaré de menos, igual que ella os habrá echado en falta todos estos años. Pero he sido afortunado, mucho más que ella por haberos visto crecer, haceros hombres y mujeres… por haberos podido tocar, besar y abrazar siempre que he querido. Por levantar el teléfono, marcar unos números y oíros… lo que ella desde que se marcho, nunca ha tenido.


Sé que todo eso lo voy a perder, sé que al igual que ella se perdió los momentos y sensaciones pasadas, los nuevos momentos me los perderé pero estaré con ella para que eso lo podamos salvar estando juntos o no, aunque me voy con la completa certeza de que así será. Ahora me toca vivir lo que siempre he querido y necesitado, que es no estar sin ella.
No soy ningún cobarde… hay que tener mucho valor para hacer lo que yo hago. Tener el convencimiento de que me espera aunque no sea cierto… pero mi corazón y mi alma me gritan desde hace tiempo que me está esperando ansiosa por volver a rozar su cara con mi cara, darme ese beso en el cuello de todas las mañanas…


Soy feliz por saber lo que sois y de donde venís. Estoy tan orgulloso de todos vosotros que no hay palabras inventadas para describir las sensaciones que recorren mi cuerpo cada vez que pienso en cada uno de vosotros.


No os voy a pedir que no lloréis, no voy a pediros imposibles… pero si quiero mendigaros una cosa… pensar que en este momento, vuestra madre y yo estamos dando un paseo por las calles de Viena bajo el paraguas negro que tantos besos nuestros ha escondido.


Os quiero… Os amo como vosotros hijos míos os disteis cuenta que se ama a un hijo el día que nacieron mis nietos.


Acordaros de nosotros cada vez que caigan unas finas gotas de lluvia del cielo… será que vuestra madre y yo lloramos de alegría por ver lo bien que lo hicimos y lo felices que somos por estar de nuevo juntos. Esas delicadas gotas quedarán prendidas en las flores del parque donde os llevábamos cuando erais pequeños y donde lleváis ahora a vuestros hijos… desde las que os observaremos como disfrutáis viendo reír a nuestros nietos como nosotros lo hacíamos con vosotros mientras ibais creciendo.


Un abrazo,
Vuestro Padre y Abuelo.


Miércoles 15 de Abril de 2009."


Mientras terminaba de consumir el cigarro preparado la noche anterior que aún tenía en la mano un leve mareo debilito su brazo y el cigarro cayo minuciosamente sobre el cenicero. Doblo las hojas con cuidado, las besó y las metió en un sobre color verde esperanza que ya tenía preparado. Lo cogió y se levantó. A duras penas recorrió los pocos metros que habían desde el escritorio hasta la mecedora de su mujer, aún con su suave manta colgada del respaldo. Cogió la manta, se sentó y se la puso por las rodillas, tenía un poco de frio. Comenzó a mecerse mientras tatareaba su canción… recogió sus brazos y los cruzo apoyando los codos en los reposabrazos y la carta en el corazón. La vista se le nublaba y comenzaba a entrarle sueño. Su mirada se cruzo con una fotografía de su mujer… esa en la que estaba con el pelo suelo, al viento… en la que le sonreía solo a él.

De repente vio como la imagen de su esposa salía del marco plateado que les habían regalado en su boda. 


Se acercó a él, le retiró la manta y le beso en los labios. El sobre verde esperanza cayó al suelo y él se levantó… la mecedora se movía sola por la inercia. Comenzaron a bailar abrazados… a tocarse sus caras labradas por el tiempo… sonreían y se miraban fijamente y mientras seguían bailando desaparecían en el tiempo mientras… el sobre verde esperanza brillaba y la mecedora seguía moviéndose bajo una sintonía insonora pero pletórica de alegría.