Pasamos por delante de tantas cosas ya cotidianas que no les prestamos la suficiente atención. Incluso las cosas nuevas, ya nos parecen habituales.
No nos detenemos. Vamos hacia delante sin saber dónde ni porqué, es lo que toca. Nos levantamos por la mañana con el día ya hecho, asumimos, seguimos, hacemos sin pensar.
Dicen que las mujeres somos idealistas, que suspiramos por un simple pétalo, que nos ahogamos en un mar de lágrimas por cosas sin importancia… que no hay quién nos entienda.
¿Quién entiende lo que no quiere entender? Vivimos en un mundo de estereotipos.
Yo no puedo hablar por los demás, de hecho, si lo hiciese, caería en el mayor de los pecados que hay en este mundo: pensar que mi pensamiento es único y mi verdad es la única que vale. Pero eso no significa que lo que piense o sienta sea menos importante, porque lo que cada uno siente por dentro es lo que le guía en esta vida.
Llevaba mucho tiempo sin escribir y siendo sincera, es que no tenía ganas. Tampoco sé si lo volveré a hacer como antes, porque ese gusanillo que tenía dentro de mi manzana creo que se me escapó con uno de esos suspiros ilógicos hacía los demás, pero parte de mi propio aliento.
En estos meses he descubierto que para poder seguir he de aceptar. A veces la lucha no sirve de nada, excepto para crear heridas sobre heridas que nunca curarán. Hay que acceder a treguas para poder beber, porque con sed se ven oasis dónde no los hay ni habrá jamás.
Me gusta escribir porque en ese momento, es el único en el que me siento libre de verdad. ¿Será ficción o realidad? Quién me puede asegurar que los sueños no son mi verdadero escenario y cuando abro los ojos divago por un mundo irreal.
A pesar de, por circunstancias de la vida, haber sido siempre más madura de lo que me correspondía, no sé si por esas faltas que he podido llegar a tener, siempre he notado que me faltaba algo, que nada me llenaba del todo. Me vuelco excesivamente en los demás, esperando quizás, aquello que a mí me sale dar. He comprendido que, aunque siga teniendo esa frustrante necesidad, yo soy yo y los demás, los demás. He aceptado.
He aceptado, asumido, me he obligado a confesarme a mí misma. He intentado cambiar y creo que en parte lo he conseguido y eso, también ha hecho que los demás me vean diferente.
Nunca me ha gustado escribir tan directamente sobre mí. Me desnudo sin complejos y eso implica que me puedan dar un buen tomatazo subida en el escenario ante la mirada crítica de todo el mundo, pero creo que lo bueno de la vergüenza es que es como el viento, igual que aparece sin permiso, se despide sin decir adiós.