Sentado en aquella inmensa montaña nada se perdía a su mirada.

Alzaba la mano, dejando que aquel molinillo de papel pintado con mil rotuladores diese color a la mañana fría y las nubes oscuras que acechaban con tormenta. El viento a pesar de ser fuerte y frío, acariciaba sus mejillas mientras esbozaba una cálida sonrisa que ayudaba al sol a escapar de su pequeña prisión tras unas pequeñas colinas. Amanecía.
Se estremeció abrazándose a sí mismo. Sacó las manos de los guantes a rayas y contempló cómo la rojez de sus dedos cambiaba a un color más tenue y sintiendo el alivio del calor, abrió sus brazos dejando caer el molinillo al suelo. Sonrío. Lo cogió y con sus pequeños labios dibujó un pequeño corazón que se transformó huracán haciendo que se agitara con fuerza.
Miró al frente y lo vio. Ahí estaba. Grande, majestuoso, inmutable al tiempo. Colocó frente a él el molinillo mientras giraba sin recelo a parar. Entre sus aspas el sol intentaba abrazar al niño sometiendo sus rayos a formas imposibles. Alargaba su fulgor entre los colores dibujados con rotulador esperanzado en poder tocar esas mejillas sonrojadas y esa cara angelical que le descubría en cada mueca la ternura de unos ojos maravillados por su naturaleza.
Giraba y giraba el molinillo sin parar sujetado con fuerza por la mano de la inocencia, riendo ante ese juego tan ingenuo y perspicaz. Bailaba a la sintonía de la candidez abrumado por la inmensidad del abismo bañado en la bruma de la mañana. La oscuridad se tornaba en claridad con los esfuerzo del sol por acariciar lo que se le antojaba imposible de tener. Amaneció y el sol imploró en pleno esplendor, arropado por su vestimenta carmesí una simple mirada de aquel niño que se escondía tras su diversión infantil.
Y retiró el sol de un plumazo las nubes. Y gritó, imploró por poder tener entre sus mortíferos rayos un poco de paz antes de que llegara de nuevo la noche.
Fueron tales sus lamentos que el niño de sonrojadas mejillas y ojos negros como el azabache se estremeció y el molinillo de nuevo se le cayó. Sus ojos se trasformaron agua mientras se miraban y sonrió, de nuevo sonrió.
Fue tal el estupor que el sol sintió, que le pidió que cerrara los ojos. Trasformo sus mortales rayos en una tenue luz de candil y se los cerró. Le limpió las lágrimas y beso su frente mientras le decía “gracias por devolverme la vida”.
Y aquel niño, de maravillosa curiosidad, clavó su molinillo en aquella montaña para recordarle al sol, lo cerca y lo lejos que está la oscuridad de la claridad.
Y desde aquel amanecer, el sol observa todas aquellas miradas que osan mirarle para implorarles que cierren sus ojos y con su tierno calor, seca las lágrimas de aquellos que sonríen mientras bajando la mirada, se estremecen por haber podido ver la belleza del sol en todo su esplendor.