
Su tos cada vez era más fuerte. El aire que se respiraba en aquella habitación era impenetrable. Encendía un puro tras otro mientras no dejaba de mirar por la ventana, sabía que en cualquier momento vendrían a por él.
Con las luces apagadas, solo se intuía su rostro cuando inspiraba el humo del habano. Su cara, coloreada por el color rojo del tabaco por apenas unos segundos descubría una cara morena y curtida por los años.
Con la otra mano jugaba con los hielos que habían aguado el whisky de 20 años que guardaba para una gran ocasión, esta ocasión.
Eran las cinco y media de la mañana. Todos sus recuerdos estaban empaquetados en dos cajas. Donde iba no necesitaba más, ni había hueco para más.
Sus hijos le habían prometido que la residencia que ahora sería su hogar era el mejor sitio para él. Invalido no podía cuidarse a sí mismo y necesitaba que estuviesen siempre pendiente de él.
Entre la oscuridad de la habitación miles de pensamientos inundaban su viejo cerebro mezclando vivencias con ideas, posibles equivocaciones con acertadas situaciones, amores perdidos con besos robados y cambios, muchos cambios que habría hecho si algún día hubiese sabido todo lo que sabía en este momento.
Pero si algo le martilleaba, si algo le impedía avanzar lo poco que le quedaba con paso firme, era la cara de aquel joven que un día apaleó. Aquel joven de raza étnica que se cruzo una noche con su borrachera y amigos. Como no unirse a la fiesta de golpes, como dejar a sus amigos solos saboreando el placer de humillar a un ser humano a su voluntad.
Pero su cara, sus gritos, desde aquella noche le acompañaban. Su negra cara envuelta en terror le acompañaba cada noche apoderándose de sus sueños y convirtiéndolos en pesadillas reviviendo aquella visión una y otra vez.
Ya eran las siete. Puntual la ambulancia que le llevaría a su nuevo hogar venía ya a por él.
-Papá, vienen a por ti, no te preocupes, yo iré contigo atrás. Verás cómo te gusta. Tienes unas vistas estupendas, la comida es fantástica y hemos contratado una persona para que este pendiente de ti prácticamente las veinticuatro horas al día. Es encantador- dijo la hija mientras le quitaba el puro de la mano y lo apagaba en el cenicero.
El padre, no pudo más que sonreír mientras giraba su silla de ruedas dirigiéndose hacia la puerta y echando un último vistazo a su ya perdida habitación.
-Lo que no entiendo es que vengan tan tempano, no me van a dejar ni desayunar tranquilamente.
Dio un último giro a su silla y desde la puerta miró por última vez hacia la ventana.
-Papá, este es Mohamed y se encargará de suplir todas tus necesidades- dijo la hija esbozando una gran sonrisa.- Te dejo con él para que os vayáis conociendo.
Él, no pudo más que temblar al ver aquel rostro que le miraba. Esos ojos grandes de gran fondo blanco que lucían en contraste con su piel negra eran imposibles de olvidar. Aunque hubiesen pasado más de veinte años, jamás habría olvidado esa cara.
-No se preocupe Don Paco, sé que sabe quién soy y yo sé quién es usted.- Dijo el enfermero mientras no dejaba de sonreír.- No se preocupe y deje de temblar. Aquella noche ya temblé yo por los dos.
-Yo, yo, yo…- Balbuceaba el anciano.
-Usted nada. Usted va a venir conmigo. Yo he venido a hacer mi trabajo, que es darle la mejor vida posible de lo poco que le queda. Recompensaré lo que me quitó aquella noche dándoselo a usted en sus últimos pasos.
-Lo siento, jamás sabrás cuanto lo siento.- Decía el anciano mientras lloraba.
-Lo sabré cuando vea su cara cada vez que le bañe y se vea desnudo a mi merced, cuando le dé de comer porque las fuerzas ya no le acompañen y sepa que no muere de hambre gracias a mí, cuando le limpie el culo para que no le salgan llagas, en esas y otras muchas ocasiones, lo sabré.
-¿Pero porque?
- Porque la dignidad que me arrebató aquella noche se la regalaré a usted. Ya no tiene cabida en mí.