Desde la cocina asomada al resquicio de la ventana miraba hacia el infinito mientras sentía que la palabra soledad estaba escrita solo para ella.
Un cúmulo de sentimientos la rodeaba como esas fotos que hacen del aura. Uno tras otro la engullían y la hablaban de tal manera que no sabía a cuál de ellos obedecer.
Apoyada lloraba y reía. Viéndose a si misma reflejada en el cristal de la ventana se hacía juramentos una vez más.
Sus promesas… cuantas hechas y que pocas cumplidas. Ojala dependiera solo de ella. ¿Cómo mandar sobre algo que aunque depende de tu vida tiene la suya propia? ¿Cómo amarrar al caballo desbocado nacido para correr? ¿Cómo suprimir el dolor que la hacía surtir viva?
Acerco una silla y se sentó. Las piernas comenzaban a pesarla. Es lo malo de llorar con total desesperación, todo el cuerpo acompaña al vals de las lágrimas. Es un baile lento. Mientras el agua salada y cristalina escapa por mucho que cierres los ojos como si de las puertas de una presa se tratara, tu cintura se dobla y las manos abrazan el estómago mientras este da vuelcos del dolor heredado que emana el corazón. Tu boca se abre pidiendo auxilio en el mayor de los silencios y sientes pequeños espasmos que hacen parar el tiempo. Llorar… la gran liberación, la mayor de las esclavitudes.
Sentada, inclino su cabeza hacia delante y su melena calló haciendo de pañuelo.
Una lágrima se aferró a uno de sus cabellos y como el mejor de los funambulistas se afianzó a él, haciéndola participe de uno de los más bellos espectáculos. A través de esa lágrima se veía la poca luz que entraba por la ventana. La aurora boreal había llegado a su cocina para deleite de sus ojos hinchados y doloridos. Era un juego de luces asombroso en el que su pelo hacía de trapiezo y se contoneaba con tal gracia que aquella pequeña lágrima era la protagonista del mejor de los circos.
Dejo de llorar y la observó.
-¿Cómo puedes ser tan pequeña y causar tanto dolor?
La lágrima bajaba poco a poco recordándola en cada milímetro que recorría que la que mandaba era ella. Sin tener boca la decía que callara y la observara. Caía con lentitud perpetuando ese momento en el tiempo, grabándose en su retina maltratada por sus hermanas. Su forma de líneas suaves y redondas sensuales a la vista de cualquier hombre hacían que temblara de pavor. Estaba cautiva de aquella insignificante lágrima obedeciendo sus movimientos e intentando no moverse para que no callera y terminase aquel instante que por un momento la habían vuelto a recordar lo insustancial de su existencia incluso comparándola con aquella solemne lágrima.
Se enfureció al darse cuenta de la situación y la agarro sin piedad con la mano y la devoró. Se cercioró de que no quedara nada en su mano lamiendola con su lengua rosada.
- Mis lágrimas caerán mil veces más, pero podré decir que una de ellas no pudo conmigo.